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miércoles, 19 de octubre de 2016

UNA HISTORIA DE MIEDO

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Existen muchas historias de terror a lo largo y ancho del mundo. A veces una historia es tan única que es la característica de un país, de una ciudad, o de algún lugar. Otras historias forman parte de ese acervo que llevamos en los genes desde los tiempos de la prehistoria. Al iniciar estas narraciones, siempre decimos que fue la experiencia de alguien a quien conoce alguien que posiblemente podemos identificar, pero a veces son "nuestras" experiencias. 

No sé qué haya de verdad en todas esas historias, que nos da por llamar "terroríficas" de "miedo" o simplemente "cuentos de luna llena", pero he pensado en ellas mucho últimamente, en especial por el hecho de que Halloween está a la vuelta de la esquina y en las redes sociales no se cansan de bombardearnos con su proximidad. 

Con mí paso por la vida he aprendido algo muy importante, el miedo es algo subjetivo, perro también que las cosas sobrenaturales existen casi en igual medida que las naturales, esas cosas que podemos explicar de manera objetiva y basándonos en una ley física. Por esa razón es que quiero contar una historia que he escuchado un montón de veces en las reuniones familiares que se hacen en mí casa. La he escuchado de boca de mis padres, de mis tíos, de algún primo, de un vecino, y hasta uno que otro forastero, que claro está, la acondiciona según sus gustos y creencias. 

Antes de transcribir la historia, quiero dejar dicho que mí creencia o no creencia en estos asuntos fluctúa entre mí razón lógica y empírica, y mí necesidad de creer en lo sobrenatural (leer Creer o no Creer, el dilema universal que publiqué anteriormente en el blog). Sin más, acá los dejo con una de las historias de terror que han marcado mí existencia desde niña.


LA HUELEROSA

Es un pueblo pequeño, apenas y viven más de 50 familias, rodeado del aún espeso monte. Las noches de luna llena son especialmente claras, y las demás bastante oscuras. Todos los vecinos cierran sus puertas temprano, nada más acostarse el sol, dicen. A nadie le apetece permanecer más tiempo del requerido fuera y menos en noches muy oscuras. 

Los grillos y las ranas hacen conciertos muy sonoros cuando el ritmo de los humanos cesan. Nunca se sabe a quien les cantan con tanta pasión. Las jóvenes le corren a las luciérnagas y a los cocuyos como sí se tratara de espectros para que no les vaya a pasar lo de la pobrecita de Esperanza.  Pero había un muchacho, bravo y de buen porte, que no entraba en esas creencias. Y menos de un tiempo acá, desde que había empezado amoríos con una joven del pueblo vecino.

Su familia le aconsejaba con respecto a sus visitas a la novia, y le decían que no regresara tan tarde. Pasar por en medio del monte, siguiendo el camino real, representaba un peligro. "No hay ladrones en el camino", le decía arrogante el joven de rubias guedejas onduladas. "Sabes que el peligro no son los ladrones, mijo, déjese de esas visitas tan tarde a la novia. Vayase un domingo después de misa y vuelva antes del canto de ángelus" le advertía su padre. El joven no se reía de su padre porque era una falta terrible y podía quedarse sin familia si lo desheredaban.  Prefería guardar silencio, pero igual volvía a ignorar las advertencias cada vez.

Siendo un día esplendido, el joven rubio se estaba preparando para ir a visitar a la novia, cuando un amigo le interpela "Vamos Juan no se vaya a donde la novia, hoy es noche de luna llena y usted sabe que le puede salir la cosa en el camino real, la HUELEROSA", le dijo algo temeroso el amigo. "Que va, Genaro, ¿hasta usted cree en eso? Mire sí ese espectro me sale en el camino, me apeo del caballo y le doy una bofetada". Diciendo lo cual, se fue en su caballo dejando al amigo con la incertidumbre marcada en su rostro.

Siendo ya noche entrada, y haciendo oídos sordos a las invitaciones a quedarse, el arrogante Juan montó en su caballo para volver a su pueblo. Los grillos y las ranas cantaban su concierto de manera estridente, pero el joven continuaba con su galope lento y constante a través del monte por el camino real, sin prestarle atención a ninguna de las señales.

Como de la nada, de un borde del camino, emergió una hermosa mujer: la HUELEROSA. Su largo vestido rojo caía hasta sus pies formando pliegos susurrantes que se movían como sí tuviesen vida propia. Su cabellera era negra, lustrosa, y larga y le ocultaba el rostro como una cortina oscura que escondiera un terrible secreto. Un dulce olor emergía de la bella aparición, y a medida que Juan se acercaba hasta ella ese olor se hacía más y más intenso. El caballo empezó a frenar su galope, he intentó por varias veces dar vuelta atrás, acción que Juan no le permitió.

El joven estaba decidido a continuar, aún por encima del espectro de la HUELEROSA. Espoleó su caballo con saña, y el pobre animal continúo su camino. Juan entonces escuchó salir del espectro: "Me acercarías al pueblo, es que estoy perdida". Juan sabía que esa pregunta le sería formulada, así que con toda la prepotencia propia de su edad, le contestó "Que te lleve el Diablo".

El olor, que en principio era dulce, empezó a condensarse y hacerse más y más agobiante. Luego fue tomando unas notas de hedor que se metieron por las fosas nasales de Juan evitando que su cerebro funcionara muy bien. Fue cuando se percató que su caballo ya no galopaba y que el espectro lo tenía sujeto por las riendas. Enojado y fuera de sí, el joven cumplió su palabra y abofeteó al espectro,

Ese fue el principio del final de sus días. Frente a sus ojos, una joven mujer mostró su rostro marchito y triste, que luego fue transfigurando en una horrible máscara de dolor y odio de cuya boca salia el grito más desgarrador del mundo. Un frío como de mil penas se metió en el corazón de Juan. Incapaz de mantener la compostura Juan miró los ojos del espectro, y dos pozos negros lleno de un sufrimiento milenario lo atrapó en la oscuridad de su alma.

La razón abandonó la conciencia del joven. El dolor y la negritud inundaron su alma, y el miedo ahogó su corazón en un marasmo de sufrimiento insondable.


****

Desde hacía dos semanas las gentes del pueblo, y de los pueblos vecino, habían ayudado en la búsqueda del hijo de Don Ramón. Nadie daba con él. Ya los más negros designios estaban sobre la mesa, cuando un grupo de jóvenes llegó al pueblo con un cuerpo inerte sobre uno de los caballos, otros dos traían como podían un animal enloquecido que prácticamente peleaba por el cuerpo que ellos querían proteger. 

Era Juan. Aún estaba vivo. Pero sudaba gotas de frío por cada uno de sus poros. Sus ojos estaban fijos en la nada, y en medio de la noche gritaba con tal dolor que en el pueblo nadie dormía. Su caballo quería estar junto a él en su habitación, nadie entendía nada. 

Incapaz de entender, y de soportar más, el padre de Juan buscó a una bruja y la llevó hasta su casa. La mujer luego que vio todo, le dijo "Su hijo no vivirá mucho tiempo, fue besado por un alma en pena y el dolor de ese demonio no le dejará vivir. Maté al animal, ahorrele el dolor y el martirio. Aquí no hay nada que hacer, más que dejar que lo malo se vaya con el muchacho a la tumba", diciendo lo cual hizo la señal de la cruz y abandonó la casa muy presurosa.

El padre de Juan mató el caballo, y apenas tres días después el joven moría. Su cuerpo se consumió en pocos minutos y un hedor insoportable lleno la casa. Cuando estaban en su velatorio, las cruces de madera estallaban en fuego y al párroco que quiso oficiar su entierro le calló un rayo. Todos en el pueblo estaban asustados, así que lo enterraron en el campo de los muertos no redimidos. El orgulloso de Juan terminó sus días junto a los suicidas y los ladrones.

En el pueblo se dice que su alma nunca ha descansado en paz, y que hay quienes han visto a la HUELEROSA junto a la sombra de un hombre.



Per signum Sanctae Crucis
de inimicis nostris
libera nos, Domine Deus noster.
In nomine Patris,
et Filii,
et Spiritus Sancti.
Amen.

martes, 14 de junio de 2016

Los 200 Encuentros


1ER. ENCUENTRO.



El astro rey refulgía en mitad del cielo con la furia de millares de fuego. La tierra emanaba calor como los hornos de los panes en la casa del panadero. Todo en rededor se antojaba caliente y seco. 


La sed abrazaba la garganta del niño que caminaba al lado de las bestias de carga. Sus pequeños pies eran testigos de miles de caminatas en iguales o peores condiciones. Nunca se quejaba. Había nacido para realizar estos trabajos, aunque tenía la suerte de que el hombre grande y fuerte con quien vivía lo protegía de los latigazos de los capataces. El no se quejaba, igual no conocía otra vida, al menos para él. Ese día irían hasta el valle al otro lado del gran río, nunca había estado allí y la emoción de conocer ese lugar era su aliciente ante las rudas condiciones del desierto.


Entregarían los granos en la casa del señor de todos ellos. Nunca lo había visto, pero escuchaba decir que era hijo del Sol y que por eso debía ser adorado y respetado. El pequeño estaba feliz de que su amo fuera tan importante. Trabajaba todos los días con ahínco y buena voluntad para que el Faraón fuera feliz y su padre el Sol también lo fuera.


Cuando hubieron llegado hasta el pórtico de la enorme residencia del Faraón, fueron recibidos por dos guardias fuertemente armados que inspeccionaron las carretas minuciosamente. Luego que les dieron el pase, entraron a un patio enorme repleto de columnas y paredes con hermosos murales. El pequeñín no entendía que había escrito en los hermosos dibujos, pero por las figuras de las personas y animales el lograba entender la historia que contaban.


Se detuvieron a la entrada de una enorme habitación donde el hombre y otros que estaban en la casa empezaron a descargar todos los alimentos, pero debido al peso no lo dejaron participar.


Con el permiso del encargado de Palacio, el pequeñín se puso a pasear por los patios de la gran casa. Estaba extasiado con todo lo que veía, desde las verdes y altas palmeras, hasta las estatuas de gatos y halcones que bordeaban las calzadas. En uno de los patios había una piscina enorme y limpia, bajo un techo alto y rodeada de columnas con blancas cortinas de lino.


Todo era hermoso a los ojos del pequeñín, y maravillado pensaba en que el pueblo había hecho un gran trabajo para darle un hogar especial a su dios y soberano. Sus ojos brillaban de emoción ante todo lo que veía.


En una de las grandes salas, la niña que estaba sentada rígida y en posición de estatua se quedó mirando al otro niño de los ojos brillantes. Había visto pocos niños de su edad, y a los poco que había visto siempre era en la lejanía.


Sabía que no debía abandonar su posición, y menos la sala en donde estaba; a los mayores no les gustaba verla por los pasillos ni accediendo a los lugares del Faraón. Ella trataba de cumplir siempre, pero a veces no podía evitar la curiosidad o la necesidad de salir corriendo. Como ahora. Quería levantarse e ir a mirar los ojos de ese otro niño. Le gustaba el brillo que tenían, como el de las  aguas del río en las horas de la tarde.


Sin saber como, se levantó y caminó hasta el borde de la sala; se mantuvo al amparo de una enorme columna; no saldría de la sala hacía el patio. Se mantendría cerca de su lugar, así podría volver sin problemas cuando se acercara su cuidadora. Lo observaría en silencio, miraría sus ojos sin que nadie se percatara.


El pequeño estaba extasiado con la piscina, para él era un pequeño río privado, muy limpio y sin corrientes, especial para el Faraón. Todo lo del Faraón era hermoso, porque era el señor de todos, hijo del Rey de los Dioses. Nada podía cambiar tan absoluta verdad.


En un momento determinado sintió sobre el la extraña sensación de ser acechado. Sí hubiese sido una persona mayor, el miedo se habría apoderado de su espíritu. Pero en la inocencia de la niñez, el pequeño buscó con curiosidad en las frescas sombras que lo rodeaban. No veía nada ni a nadie. Ni siquiera un pequeño animal. Pensó que quizás se trataba de algún espíritu o de la presencia de algún dios. Porque siendo esta como era la casa de uno de ellos, a lo mejor estarían de visita.


Ya no buscaría más... tenía que volver junto al hombre y las carretas, para volver a su aldea. Giró en redondo para volver por donde mismo había llegado, y fue cuando vio un hermoso par de ojitos negros, que lo miraban con mucha curiosidad. El pequeño se quedó hechizado pues esos ojitos brillaban con la fuerza de un espejo, eran hermosos. Más hermosos que la casa entera del Faraón.


Sin saber cómo, ni porqué, ambos niños se acercaron uno al otro como atraídos por una fuerza invisible. Estaban encandilados por sus ojos brillantes. Diferentes. terminaron cabeza con cabeza, eran de la misma estatura, uno delgado pero fuerte, la otra aparentaba saludable pero era frágil.


Se miraron a los ojos, y sintieron un reconocimiento mutuo. Sin poder evitarlo comenzaron a reír como los niños que eran. Un impulso los condujo a fundirse en un tierno abrazo. Sensaciones tan extrañas hicieron aparición en sus corazones. No entendieron nada de lo que pasaba. Querían quedarse juntos. No dejar de mirarse a los ojos. Continuaron de pie bajo una palmera, tomados de las manos, mirándose a los ojos.


El hombre se quedó mirando la pareja de niños bajo la palmera. Lagrimas salieron de sus ojos, se sintió desdichado por la desdicha ajena. Miró en derredor. No había nadie, por suerte. Tomó su muleta de oro y lapislázuli y lentamente se acercó a la parejita. Los niños ni notaron su llegada. El hombre soltó su muleta, y con el apoyo de la palmera puso sus manos frente a los ojos de cada niño. Su mano izquierda tapaba los ojos de la niña y su derecha los ojos del niño.


Ambos niños lloraron ante la irrupción de la oscuridad que les impidió la visión. Ninguno quería dejar de mirar al otro. Pero era necesario. No podían durar la eternidad mirándose. El hombre sabía que este no era su tiempo.


Aún con su mano tapando los ojos de la pequeña niña, tomó su muleta y fue alejándola del lugar donde el niño quedó llorando de manera desconsolada.


Unos minutos después un militar lo encontró en el mismo lugar, llorando ríos de lagrimas.  Tenía un rato buscándolo, y a pesar de que estaba en un lugar privado de la familia real, no pudo evitar sentir compasión del pequeño. Así que lo tomo en sus brazos y se lo entregó al preocupado hombre junto a las carretas.


Los días se sucedían uno tras otros... eran como una carrera interminable del día y la noche, de sol y la luna. Nunca más los ojos de los niños dejaron de derramar lagrimas, nunca más sus bocas se abrieron para comer alimento alguno.


El dolor se asentó en los corazones de los dos niños; solo respiraban pensando en el otro.


Sus cuerpo se fueron consumiendo lentamente... y en un momento dado ambos abrazaron la muerte con deseos, buscando en su abrigo la calma a su dolor.


Pero sus almas no subieron a la barca de la muerte... agarrados de las manos, entraron al vórtice de la vida y la reencarnación.


La señora del tiempo les susurró al oído: "Ahora no; aún no es su tiempo".


El hombre de la muleta, también abrazó a la muerte... aunque con más sorpresa que con resignación. La muerte tampoco lo subió a su barca, pues no era tampoco su tiempo. Un poco desorientado, el que en vida fue Faraón, decidió seguir a las pequeñas almas que agarradas de la mano esperaban su turno para volver a vivir otro ciclo.



Atentamente, La Autora.-




lunes, 29 de febrero de 2016

Escribiendo en Lunes; soñando Domingo.

"Las palabras pueden ser como Rayos X 
si se usan apropiadamente: lo atraviesan todo"
Aldous Huxley,
novelista y poeta
inglés



Es bueno desaparecer durante un tiempo... así cuando vuelves miras las cosas en perspectiva desde un antes y un después... así he estado haciendo con el blog: enliandome con el en un juego amoroso de te escribo y tú creces para luego abandonarlo por unos días.


Y es que a veces la intermitencia en una cosa va haciendo crecer otra... mí novela Aenigma, o el grito silente por ejemplo (ya que esta es la historia que me tiene atrapada, y va a salir sí porque sí), o alguna que otra noveleta o poema que tengo. El caso es que cuando me alejo del trabajo lo hago del blog. Al principio esto no era adrede (todavía no lo es), pero le he hallado un beneficio a esto y un motivo.


PESADILLA VENTANAS. Windows onto nightmares:
Pesadilla.
Sé que sonará a masoquismo del bueno, pero no me hallo escribiendo el blog en la tranquilidad de mí hogar; nada; escribir en el blog se me da así como estoy escribiendo justo ahora: con pocos minutos de tiempo y dándole chance a mí jefa de llegar. Pero, ¿qué se le puede hacer? !Así soy yo y punto!


Pero igual hoy tenía que escribir aunque fuera sábado o domingo, o aunque fuera lunes yo hubiese decidido quedarme en mí casa descansando (tengo una gripe tremenda). Y es que justo anoche tuve el sueño más extraño de mí vida. Se supone que en el mismo debí sentir miedo o algo por estilo, pero nada de eso. En cambio, estaba en el sueño viviendo algo pero casi consciente de que esa no era mí realidad. Siento que soñé con soñarme un sueño, o algo así.

No obstante no haber sentido la aprehensión del miedo, el sueño me dejo con muchas dudas, la primordial ¿por qué ese sueño? y es que los dominicanos tenemos esa costumbre, adoramos buscarle un significado a los sueños porque tenemos la creencia de que nos darán algún tipo de respuesta a nuestros problemas. Aunque no me caería mal que este sueño tuviera alguna respuesta a como ganarme la lotería, mí pregunta va por el camino de que sí ese sueño lo soñé influenciada por algo que vi o leí. 


Fotografías que retratan las pesadillas infantiles:
Fotografía que retrata una pesadilla infantil. 
Nunca me ha gustado soñar con niños, siempre estos sueños son aterradores, no sé porqué. Una vez soñé que unas manos desconocidas me entregaban una niña preciosa de pelo negro, una bebé de unos 8 meses, y cuando quise devolverla mí madre me dijo: "No, quédate con ella... esa es tú hija"... ¿en serio? Eso de andar teniendo cosas que no recuerdas y no logras atar es lo malo de los sueños. Pero el hecho se torna peor cuando sueñas, con niños, pero que de algún modo están y no están. O sea, que son fantasma o espíritus. 


Y aquí entra en juego un aspecto de mí bastante importante: Soy más miedosa que Shaggy, de Scooby Doo. Hasta ahí las cosas continuemos.


Pues bien, sucede que en el sueño esta quien les escribe estaba en su casa, recuerdo que haciendo lo mismo que me había pasado la tarde haciendo: limpiando la casa, cambiando muebles de lugar, erradicando el polvo y las telarañas. En un momento determinado yo estaba limpiando el pasillo que va al baño y a las habitaciones cuando se me acerca una niña de unos 10 años y me dice que ella puede mover el mueble por mí... yo le respondo que no, puesto que es muy pequeña... ella me pregunta ¿cuantos años crees que te llevo? Yo me quedo pensando y le digo a mí madre, y esta me dice que esa niña es más vieja que yo... entonces yo le respondo a la niña, que ella es 20 años más mayor que yo... a lo que la cosa esa me dice: te equivocas, siempre te equivocas con los números... yo soy 180 años más vieja que tú. Y en una transformación para nada espectacular en frente de mí lo que quedó fue un demonio en blanco y negro con un liquido negro supurandole de los pies. 


¿Grite? En sueños sí, pero creo que en la realidad no me salió porque nadie tocó a mí puerta preguntando sí me pasaba algo (o ¿será que ya en mí casa están acostumbrados a mis pesadillas?). 


Se que es lo más tonto, pero yo soy así. Los sueños cuando son extraños y no les encuentro una cohesión entre mí realidad y ellos, se me quedan bien clavados en la memoria y les doy tantas y tantas vueltas que me mareo. 


Hoy quizás no sea un día para andar absorta en sueños, así que luego que termine de escribir esta entrada voy a tratar de enterrarlo hasta que tenga tiempo de volver sobre el. Lo voy pensando y puede que termine dentro de un cuento o alguna historia de esas que tengo inconclusas. 


Espero la pasen bien, y se cuidan.


Atentamente, La Autora.-