martes, 14 de junio de 2016

Los 200 Encuentros


1ER. ENCUENTRO.



El astro rey refulgía en mitad del cielo con la furia de millares de fuego. La tierra emanaba calor como los hornos de los panes en la casa del panadero. Todo en rededor se antojaba caliente y seco. 


La sed abrazaba la garganta del niño que caminaba al lado de las bestias de carga. Sus pequeños pies eran testigos de miles de caminatas en iguales o peores condiciones. Nunca se quejaba. Había nacido para realizar estos trabajos, aunque tenía la suerte de que el hombre grande y fuerte con quien vivía lo protegía de los latigazos de los capataces. El no se quejaba, igual no conocía otra vida, al menos para él. Ese día irían hasta el valle al otro lado del gran río, nunca había estado allí y la emoción de conocer ese lugar era su aliciente ante las rudas condiciones del desierto.


Entregarían los granos en la casa del señor de todos ellos. Nunca lo había visto, pero escuchaba decir que era hijo del Sol y que por eso debía ser adorado y respetado. El pequeño estaba feliz de que su amo fuera tan importante. Trabajaba todos los días con ahínco y buena voluntad para que el Faraón fuera feliz y su padre el Sol también lo fuera.


Cuando hubieron llegado hasta el pórtico de la enorme residencia del Faraón, fueron recibidos por dos guardias fuertemente armados que inspeccionaron las carretas minuciosamente. Luego que les dieron el pase, entraron a un patio enorme repleto de columnas y paredes con hermosos murales. El pequeñín no entendía que había escrito en los hermosos dibujos, pero por las figuras de las personas y animales el lograba entender la historia que contaban.


Se detuvieron a la entrada de una enorme habitación donde el hombre y otros que estaban en la casa empezaron a descargar todos los alimentos, pero debido al peso no lo dejaron participar.


Con el permiso del encargado de Palacio, el pequeñín se puso a pasear por los patios de la gran casa. Estaba extasiado con todo lo que veía, desde las verdes y altas palmeras, hasta las estatuas de gatos y halcones que bordeaban las calzadas. En uno de los patios había una piscina enorme y limpia, bajo un techo alto y rodeada de columnas con blancas cortinas de lino.


Todo era hermoso a los ojos del pequeñín, y maravillado pensaba en que el pueblo había hecho un gran trabajo para darle un hogar especial a su dios y soberano. Sus ojos brillaban de emoción ante todo lo que veía.


En una de las grandes salas, la niña que estaba sentada rígida y en posición de estatua se quedó mirando al otro niño de los ojos brillantes. Había visto pocos niños de su edad, y a los poco que había visto siempre era en la lejanía.


Sabía que no debía abandonar su posición, y menos la sala en donde estaba; a los mayores no les gustaba verla por los pasillos ni accediendo a los lugares del Faraón. Ella trataba de cumplir siempre, pero a veces no podía evitar la curiosidad o la necesidad de salir corriendo. Como ahora. Quería levantarse e ir a mirar los ojos de ese otro niño. Le gustaba el brillo que tenían, como el de las  aguas del río en las horas de la tarde.


Sin saber como, se levantó y caminó hasta el borde de la sala; se mantuvo al amparo de una enorme columna; no saldría de la sala hacía el patio. Se mantendría cerca de su lugar, así podría volver sin problemas cuando se acercara su cuidadora. Lo observaría en silencio, miraría sus ojos sin que nadie se percatara.


El pequeño estaba extasiado con la piscina, para él era un pequeño río privado, muy limpio y sin corrientes, especial para el Faraón. Todo lo del Faraón era hermoso, porque era el señor de todos, hijo del Rey de los Dioses. Nada podía cambiar tan absoluta verdad.


En un momento determinado sintió sobre el la extraña sensación de ser acechado. Sí hubiese sido una persona mayor, el miedo se habría apoderado de su espíritu. Pero en la inocencia de la niñez, el pequeño buscó con curiosidad en las frescas sombras que lo rodeaban. No veía nada ni a nadie. Ni siquiera un pequeño animal. Pensó que quizás se trataba de algún espíritu o de la presencia de algún dios. Porque siendo esta como era la casa de uno de ellos, a lo mejor estarían de visita.


Ya no buscaría más... tenía que volver junto al hombre y las carretas, para volver a su aldea. Giró en redondo para volver por donde mismo había llegado, y fue cuando vio un hermoso par de ojitos negros, que lo miraban con mucha curiosidad. El pequeño se quedó hechizado pues esos ojitos brillaban con la fuerza de un espejo, eran hermosos. Más hermosos que la casa entera del Faraón.


Sin saber cómo, ni porqué, ambos niños se acercaron uno al otro como atraídos por una fuerza invisible. Estaban encandilados por sus ojos brillantes. Diferentes. terminaron cabeza con cabeza, eran de la misma estatura, uno delgado pero fuerte, la otra aparentaba saludable pero era frágil.


Se miraron a los ojos, y sintieron un reconocimiento mutuo. Sin poder evitarlo comenzaron a reír como los niños que eran. Un impulso los condujo a fundirse en un tierno abrazo. Sensaciones tan extrañas hicieron aparición en sus corazones. No entendieron nada de lo que pasaba. Querían quedarse juntos. No dejar de mirarse a los ojos. Continuaron de pie bajo una palmera, tomados de las manos, mirándose a los ojos.


El hombre se quedó mirando la pareja de niños bajo la palmera. Lagrimas salieron de sus ojos, se sintió desdichado por la desdicha ajena. Miró en derredor. No había nadie, por suerte. Tomó su muleta de oro y lapislázuli y lentamente se acercó a la parejita. Los niños ni notaron su llegada. El hombre soltó su muleta, y con el apoyo de la palmera puso sus manos frente a los ojos de cada niño. Su mano izquierda tapaba los ojos de la niña y su derecha los ojos del niño.


Ambos niños lloraron ante la irrupción de la oscuridad que les impidió la visión. Ninguno quería dejar de mirar al otro. Pero era necesario. No podían durar la eternidad mirándose. El hombre sabía que este no era su tiempo.


Aún con su mano tapando los ojos de la pequeña niña, tomó su muleta y fue alejándola del lugar donde el niño quedó llorando de manera desconsolada.


Unos minutos después un militar lo encontró en el mismo lugar, llorando ríos de lagrimas.  Tenía un rato buscándolo, y a pesar de que estaba en un lugar privado de la familia real, no pudo evitar sentir compasión del pequeño. Así que lo tomo en sus brazos y se lo entregó al preocupado hombre junto a las carretas.


Los días se sucedían uno tras otros... eran como una carrera interminable del día y la noche, de sol y la luna. Nunca más los ojos de los niños dejaron de derramar lagrimas, nunca más sus bocas se abrieron para comer alimento alguno.


El dolor se asentó en los corazones de los dos niños; solo respiraban pensando en el otro.


Sus cuerpo se fueron consumiendo lentamente... y en un momento dado ambos abrazaron la muerte con deseos, buscando en su abrigo la calma a su dolor.


Pero sus almas no subieron a la barca de la muerte... agarrados de las manos, entraron al vórtice de la vida y la reencarnación.


La señora del tiempo les susurró al oído: "Ahora no; aún no es su tiempo".


El hombre de la muleta, también abrazó a la muerte... aunque con más sorpresa que con resignación. La muerte tampoco lo subió a su barca, pues no era tampoco su tiempo. Un poco desorientado, el que en vida fue Faraón, decidió seguir a las pequeñas almas que agarradas de la mano esperaban su turno para volver a vivir otro ciclo.



Atentamente, La Autora.-