miércoles, 22 de junio de 2016

Los 200 Encuentros.



2do. ENCUENTRO. 



Las luces titilaban llenas de colores cuajando con su brillo los arboles de la avenida. Las personas caminaban a paso lento, tan contrario a la agitación de la mañana. 


El chico que caminaba con las manos metidas en los bolsillos de su abrigo avanzaba absorto en su propio mundo. Tantas cosas pasaban por su cabeza, y con tal rapidez que se pensaba a punto de enloquecer. Sacudía su cabeza llena de una abundante cabellera negra, queriendo alejar de él todo lo que recordaba. 


Ya podía ver el puente. Ese ansiado puente que lo llevaría a un mejor lugar. Miró a todos lados, no vio a nadie. Tanto mejor puesto que no quería darle explicación a nadie de adonde iba. 


Tocó el borde de piedra del anciano puente. Sintió frío. Maldito frío que agarrotaba todo, hasta el corazón. Volvió a pensar en las horas pasadas y lo que le sucedió en la buhardilla fría de su sádico amigo volvió a él con rabia. Era como sí su mente se empeñara en torturarlo. 


La herida que tenía sobre la sien izquierda empezó a escocerle otra vez. Cada vez que movía la cara la sentía estirarse y eso le dolía. Quería mantener el rostro sin movimientos, así como las malditas fotos que fueron exhibidas en la buhardilla. 135 personas fueron a ver la exhibición. 270 ojos miraron escenas morbosas. Algunos bajaron la mirada y se retiraron, otros solo observaban las paredes y a él. Permaneció prácticamente deshecho en una esquina. Seguía pensando que no podía escapar. No tuvo tiempo de percatarse hasta muy tarde que ya las puertas no tenían candados. 


Miró el embravecido río que corría debajo del puente. Se notaba el gélido aliento emanando como humo. Pensó en que cruzando ese puente encontraría otro destino. Una vida mejor. Seguiría buscando. Todos pensaban que sí dejas de respirar terminas tus días. Él sabía que luego de una apnea siempre se respirar mejor. Por eso siguió su camino. 


Detrás de una columna una joven miraba a quien había interrumpido su camino. Quería pasar el puente, pero no quería que nadie fuera testigo. Y ahí estaba él, quitandole su derecho a una vida mejor. No podía creer que hasta en eso su vida no resultara... solo quería seguir, dejar todo atrás. Ya estaba cansada de los electrochoques. Estaba cansada de los narcóticos. Estaba cansada del sucio enfermero que descargaba dentro de ella todas las noches. 


Ella no quería llorar cada lagrima suprimida durante toda su vida. Ni jugar a ser lo que otros querían que fuera. No quería ser normal, tampoco quería ser loca. Su único trastorno siempre fue no entender porque no podía ser lo que quería ser. Nunca entendió las señales de guarda silencio de sus padres y hermanos, al menos hasta que los hombres de blanco aparecieron en su vida. Jamás volvió a ver a sus padres. Solo tres noches después de haber sido abandonada en el castillo de las paredes blancas, su templo fue mancillado. Recordó siempre el dolor, muy distintos a la electricidad corriendo por su cabeza y espina dorsal. 


Se suponía desde entonces que estaba loca. Nunca lo demostró. Solo calló. Hasta esa tarde. Ese día amaneció gris y una manta blanca cubría todo fuera del castillo. Algo en su interior reaccionó con ataque de claustrofobia. Recordó el puente de piedra. Y dentro de ella nació el deseo de ser libre. Pensó, pensó, tensó su maltratado cerebro, y reaccionó como una luz: Soy una Maldita Loca.  Así que tomó el pequeño cuchillo de la mesa de los doctores. Justo luego que el enfermero de sus noches de martirio hubo llegado al limite, cortó su garganta de extremo a extremo. La sangre manchó todo y la manchó a ella. Lo vio ahogarse en su propia vida. Tomó sus llaves y sin miedo salió del manicomio.


Tanto esfuerzo para que él viniera a arrebatarle su camino...


Lo miró mejor. Él también parecía dispuesto a emprender otra vida. Tal vez era tan distinto como ella. Quizás él aceptara que ella lo acompañara. Todo es posible. Salió lento de las sombras y se acercó cautelosa a él. 


Él sintió a alguien acercarse a su lugar. Miró rápido y con desconfianza. Solo pudo ver un camisón lleno de sangre. Tuvo la tentación de alejarse, pero luego pensó que daba igual. La figura terminó de abandonar las sombras y entonces pudo verla completa. Era un desastre. Parecía loca. Un desastre loco. Miró su cara de niña desequilibrada, sopesó su edad, no pudo acertar. Ella se acercó más, con su mano izquierda extendida como un saludo. ÉL tomó su mano con la suya. Sintió su frío, el mismo que él tenía. 


Fue entonces cuando miró sus ojos. Sintió como la comisura de sus labios tironeaban hacía arriba. Sonrió. Y vio su sonrisa reflejada en ella. No hubo explicaciones, no hubo lagrimas. Se abrazaron. Sabían que por una extraña razón se habían vuelto a encontrar. Estaba felices. Duraron tanto tiempo abrazados, que el tiempo corrió veloz. La oscuridad que antecede al amanecer se solazó en el cielo. Fue cuando escucharon las sirenas y los pitidos de los policías. 


Las luces de colores volvieron a titilar. Ellos se miraron. Debían continuar su camino. Sí pasaban el puente una vida mejor los esperaba. Tocaron sus labios y sintieron calor. Juntos, abrazados y en un beso de esos que solo saben darse las almas gemelas, pasaron el puente hacía una vida mejor. 


*    *    *

El informe era escueto. No mostraba ningún indicio de sentimiento. Los cadáveres de los jóvenes que se suicidaron en el río fueron llevados a la morgue. A pesar del comunicado, nadie había reclamado los cuerpo. Al fin y al cabo, solo eran un pordiosero y una loca. El Comisario llamó a la morgue y acordó con el encargado el funeral de los cuerpos. Lo hizo con todo el cuidado de enterrarlos juntos en la misma tumba. Sabía que ellos no había terminado ahí. Miró la lapida sin nombres, y susurró: "Aún no es su tiempo". El anciano se marchó. El pronto iría tras ellos. 



Atentamente, La Autora.-